¿Qué es lo que nos diferencia del resto de los seres vivos? ¿Qué es lo que nos define como humanos? ¿Qué es, en definitiva, lo que constituye nuestra “esencia”?
Es ésta una de las preguntas más antiguas de la historia de la humanidad aunque, desde los tiempos de los griegos clásicos hasta nuestros días, ha adoptado muy diversas formas. Siendo más diversas aún, las respuestas que se le han dado. Pero la solución definitiva aún aguarda. Continuar leyendo »
Esta nueva conciencia [la reflexión], de superioridad potencialidad, este reflejo abstracto de todo lo intuitivo en el concepto no intuitivo de la razón, es lo único que concede al hombre aquel discernimiento que distingue absolutamente su conciencia de la de los animales, y por la cual todo su peregrinaje sobre la tierra aparece tan diferent Continuar leyendo »
“Tenemos que recordar, además, brevemente, cómo nació el resto de los animales, tema que no hay ninguna necesidad de prolongar; pues así uno creería ser más mesurado respecto de este tipo de discursos. He aquí la exposición correspondiente. Todos los varones cobardes y que llevaron una vida injusta, según el discurso probable, cambiaron a mujeres en la segunda encarnación. En ese momento, los dioses crearon el amor a la copulación, haciendo un animal animado en nosotros y otro en las mujeres de la siguiente manera. Perforaron el conducto de salida de la bebida en dirección a la médula –que en la exposición anterior llamamos simiente y que se encuentra fijada a lo largo de la columna vertebral desde la cabeza y el cuello hacia abajo– allí donde evacua el líquido que ha recibido y que fue comprimido por el aire a través del pulmón y los riñones hasta la vejiga. La médula, tras ser animada y haber recibido una ventilación, infunde un deseo vital de expulsar el fluido al conducto por donde se ventila y lo hace un Eros [amor] de la reproducción. Continuar leyendo »
“Era Píramo el joven más apuesto y Tisbe la más bella de las chicas de Oriente. Vivían en la antigua Babilonia, en casas contiguas. Su proximidad les hizo conocerse y empezar a quererse. Con el tiempo creció el amor.
Hubieran acabado casándose, pero se opusieron los padres. Aunque no les dejaban verse, lograban comunicarse de alguna forma; no pudieron los padres impedir que cada vez estuvieran más enamorados: el fuego tapado hace mejor rescoldo.
La pared medianera de las dos casas tenía una pequeña grieta casi imperceptible, pero ellos la descubrieron y la hicieron conducto de su voz. A través de ella pasaban sus palabras de ternura, a veces también su desesperación: no podían verse ni tocarse. A la noche se despedían besando cada uno su lado de la pared. Continuar leyendo »
“La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?
El mito del eterno retorno viene a decir que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan. No es necesario que los tengamos en cuenta, igual que una guerra entre dos Estados africanos en el siglo catorce que no cambió en nada la faz de la tierra, aunque en ella murieran, en medio de indecibles padecimientos, trescientos mil negros. Continuar leyendo »
- Dicen que soy un anticuado… – se quejó Herne- que vivo en la edad soñada por Don Quijote. Y quienes lo dicen no acaban de ver que son ellos los que me llevan tres siglos de retraso. Son ellos los que viven en el tiempo en que Cervantes soñó a su Don Quijote, el Renacimiento, una edad que para Cervantes había sido en realidad la era del Nuevo Nacimiento. Yo no creo que un recién nacido que ha cumplido ya los trescientos años esté ingresando en la vida. Lo que está es a punto de salir de ella. Y ha llegado la hora de que renazca de nuevo.
- Pero si lo hiciera, si volviera a nacer – preguntó Murrel- ¿lo haría como caballero errante?
- ¿Y por qué no? – preguntó el otro-. Si tomamos como referente la cultura de la Antigua Grecia ¿acaso no renació el griego en el hombre del Renacimiento? Cervantes comprendió que era el romance caballeresco el que iba entrando en decadencia y que tocaba a la Razón ocupar su puesto. Pero en nuestra época lo que agoniza es la Razón y su ancianidad nos merece todavía menos respeto que la vieja novela de caballerías. Hoy demandamos un modo de batallar frontal y directo. Necesitamos a alguien que se crea capaz de derribar gigantes. Continuar leyendo »
1 Puede que yo esté equivocado, pero me da la impresión de que a veces los argentinos no saben qué hacer con Borges. Si bien se mira, es natural: al fin y al cabo Borges es, según todos los indicios, el mayor escritor en español desde Cervantes (o desde Quevedo), y durante siglos los españoles no supimos qué hacer con Cervantes, ignorancia que aprovecharon los ingleses para fundar, siguiendo a Cervantes, la novela moderna, y de paso la más sólida tradición de la narrativa occidental. Dirán ustedes que Borges no pertenece en rigor a la literatura argentina, ni siquiera a la literatura escrita en español, sino a la literatura universal; es verdad, pero me temo que un escritor argentino respondería que eso es muy fácil decirlo cuando uno no es argentino y no padece el hecho de que Borges sea, como dice Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda –uno de los más interesantes ensayos literarios escritos en español que he leído en los últimos tiempos–, “el gran fantasma de la literatura nacional”. O dicho de otro modo: Borges es a la literatura argentina lo que el padre de Hamlet a Hamlet. La anécdota es celebérrima; en 1963, cuando regresaba a Europa tras un exilio de 25 años en Buenos Aires, Witold Gombrowicz dio un único consejo a sus colegas argentinos: “Maten a Borges”. El consejo de Gombrowicz fue escuchado, porque a eso, a tratar de matar al padre o al fantasma del padre, parecieron consagrarse en los años siguientes muchos de los mejores escritores argentinos, desde Sábato y Cortázar –que tuvo que marcharse a París para librarse de Borges–, hasta Manuel Puig, Osvaldo Lamborghini, Fogwill y, en parte, César Aira, convertidos todos ellos, como dice asimismo Tabarovsky, en “máquinas de guerra antiborgeanas”. El fruto de esa guerra fue alguna vez estridente y efectista, casi siempre considerable y en ocasiones glorioso, pero solo como es glorioso un fracaso glorioso. Porque lo cierto es que ahora mismo, en la Argentina y fuera de la Argentina, en el español y fuera del español, Borges o el fantasma de Borges está más vivo que nunca. Continuar leyendo »
Podría haber elegido cualquier película de Fincher ( todos los que me conocen de haber conversado conmigo por más de treinta y tres segundos conocen mi devoción por “El club de la lucha”), pero escojo esta y el motivo es tramposo: me sirve como alegoría para hacer referencia a otra cosa, me permite utilizarla como signo de algo más complejo.
La película de Fincher se apoya sobre una hipótesis que abre muchas posibilidades: un juego en el que el jugador ingresa en otra vida, pero cuyas consecuencias repercuten en su vida “real”. Michael Douglas, en el papel de un multimillonario empresario, pragmático y descorazonado, es invitado por su hermano, Sean Penn, a un juego desarrollado por una empresa de entretenimientos y que es absolutamante diferente a todo los otros juegos conocidos. La vida del personaje de Michael Douglas tomará un giro radical y todas sus certezas se ven amenazadas por la ficción, que lejos de ser asumida como un mero juego, comienza a tornarse como la verdadera realidad de un hombre condenado a la tragedia.
Esta gran película, con los giros bruscos de realidad-ficción característicos de este cine fantástico (o cine de hipotesis), me permite abordar otro punto que poco tiene que ver con las intenciones de Fincher. La idea que me gustaría esbozar es la de considerar a la vida misma como un juego entre dos jugadores, como si fuera una partida de ajedrez, entre Dios y el individuo. La vida sería un simulacro, los lugares escenarios y los otros hombres meros personajes cuya razón de existir se redujera al simple hecho de estar enfrente de mí, su esencia es compartir una escena conmigo. El juego es complejo, puesto que una de las reglas es no tener certeza de estar jugando y, además, que todos los datos de nuestra conciencia nos conduzcan a creer que nada de lo que hacemos tiene carácter lúdico y que la vida es trágicamente real. Para que la idea quede más clara la iluminaré con una imagen: hay que tomar este juego como si un estratega militar asumiese que lo que realmente dirige son peones y no hombres, y el fin de la guerra es un mero jaque mate a un rey y no la aniquilación de un pueblo. La partida es contra Dios, Él imprime la dificultad al juego, la aumenta o la disminuye de acuerdo al nivel de inteligencia del iindividuo. Continuar leyendo »
En el barrio de Flores siempre se sintió admiración por las renuncias. La gente distinguida apreciaba como muestra de buen gusto el rechazo de honores, dignidades, premios y cargos pùblicos.
Durante mucho tiempo no existieron recomandaciones escritas al respecto. Ninguno de los autores del barrio se ocupó del asunto para clasificarlo y ordenarlo.
Los Hombres Sensibles se limitaban a aplaudir cada renuncia, sin detenerse a meditar el carácter ético o estético de los gestos individuales. De cualquier manera, ya se sabe que los muchachos del Angel Gris confundían casi siempre lo bueno con lo hermoso y verdadero. No es extraño encontrar en sus textos referencias a teoremas canallescos, flores mentirosas y corajes vistosos. Nadie puede sospechar que estas adjetivaciones se propusieran el asombro: eran la expresión cabal de hombres a quienes las propiedades del bismuto solían parecerles una compadrada. Continuar leyendo »
De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas
CON EL FELICE y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida, quedaron tan contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante, viendo el acomodado sujeto que tenían para que se tuviesen por veras; y así, habiendo dado la traza y órdenes que sus criados y sus vasallos habían de guardar con Sancho en el gobierno de la ínsula prometida, otro día, que fue el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se adeliñase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humilló y le dijo:
-Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la tierra y la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan grande de ser gobernador; porque, ¿qué grandeza -fol. 158v- es mandar en un grano de mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres tamaños como avellanas, que, a mi parecer, no había más en toda la tierra? Si vuestra señoría fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo. Continuar leyendo »
El verdadero filósofo es un fervoroso creyente. Sólo lo mueven dos cosas la fe y la necesidad. Pero, aunque él no lo sabe, la primera es hija de la segunda. Tiene una fe extrema, que, por propia definición, es irracional y subyugadora, en el valor del conocimiento. En su valor intrínseco, más allá de toda eventual utilidad. Esta es su única fe, su única religión. En su infancia profesó otras. Creyó que el mundo debía tener un sentido y que éste debía ser accesible para él. Incluso llegó a creer que cuando descifrara el sentido que se escondía en el movimiento de los astros, o en el de los electrones, le serían reveladas respuestas acerca del hombre y de los dioses. Pero se dio cuenta que esta creencia era infantil e injustificada, que no existe ningún sentido en el conocimiento más que éste mismo. Que acaso “lo más incomprensible del mundo es que sea comprensible”. No le importa si otros encontrarán útil o interesante el conocimiento que él alcance. No lo busca para brindar un servicio a la sociedad, ni como herramienta para solucionar algún problema. Lo busca desesperadamente, como Egeo la vela blanca en el horizonte del mar; porque lo ama, más allá de cualquier razón. Porque, como la del rey ateniense, su vida no tendría sentido sin él. Continuar leyendo »
Nació Nerón en Anzio, nueve meses después de la muerte de Tiberio (126), el 18 de las calendas de enero al salir el sol, cuyos rayos le tocaron antes que él tocase la tierra. Entre muchas señales terroríficas que presidieron el instante de su nacimiento, se consideró como presagio la contestación de su padre Domicio a las felicitaciones de sus amigos; éste dijo, en efecto, que de Agripina y él no podía nacer más que algo detestable y fatal para el mundo. El día que recibió su nombre (127), observase también un pronóstico igualmente fatal: estrechado C. César por su hermana para que diese a aquel niño el nombre que más le gustase, y viendo pasar a su tío Claudio, que más adelante adoptó a Nerón, contestó que le daba el de aquél, diciendo esto en chanza y para contrariar a Agripina que, en efecto, se opuso a ello, porque Claudio era entonces la vergüenza de la corte. A los tres años perdió a su padre, y nombrado heredero de sus bienes por un tercio, ni siquiera se le asignó esta parte, pues Calígula, su coheredero, se apoderó de toda la herencia. Desterrada a poco su madre, quedó reducido poco menos que a la indigencia y fue educado en casa de su tía Lépida, siendo sus maestros un barbero y un bailarín. Bajo el reinado de Claudio recuperó, no obstante, la fortuna de su padre, y hasta enriqueciese con el caudal de su suegro Crispo Pasieno. La influencia de su madre, llamada del destierro, le hizo elevar tanto, que corrió incluso el rumor de que Mesalina, esposa de Claudio, había intentado hacerle estrangular dormido, como a peligroso rival de Británico. Añádese que los asesinos huyeron espantados al contemplar una serpiente que salía de su lecho. Motivó esta fábula el haberse encontrado un día cerca de su almohada restos de una piel de serpiente, que su madre le hizo llevar algún tiempo en un brazalete de oro sujeto al brazo derecho. Más adelante dejó este brazalete, que le traía a la memoria recuerdos importunos, y cuando lo pidió en sus últimos momentos no se pudo encontrar. Continuar leyendo »
De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía que quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos doloridas.
Una tarde, poco antes del anochecer, tuve la sospecha de que el marido de la señora Margarita estaría enterrado en la isla. Por eso ella me hacía dar vueltas por allí y me llamaba en la noche -si había luna- para dar vueltas de nuevo. Sin embargo el marido no podía estar en aquella isla; Alcides, -el novio de la sobrina de la señora Margarita- me dijo que ella había perdido al marido en un precipicio de Suiza. Y también recordé lo que me contó el botero la noche que llegué a la casa inundada. Él remaba despacio mientras recorríamos “la avenida de agua”, del ancho de una calle y bordeada de plátanos con borlitas. Entre otras cosas supe que él y un peón habían llenado de tierra la fuente del patio para que después fuera una isla. Además yo pensaba que los movimientos de la cabeza de la señora Margarita -en las tardes que su mirada iba del libro a la isla y de la isla al libro- no tenían relación con un muerto escondido debajo de las plantas. También es cierto que una vez que la vi de frente tuve la impresión de que los vidrios gruesos de sus lentes les enseñaban a los ojos a disimular y que la gran vidriera terminada en cúpula que cubría el patio y la pequeña isla, era como para encerrar el silencio en que se conserva a los muertos. Continuar leyendo »
Cristopher Nolan, director de “Memento” y “El Caballero Oscuro”, vuelve a atreverse con el cine metafísico en su nueva película “Origen”. La idea troncal de la película es el problema de la distinción entre la realidad del sueño y la posibilidad de ingresar en el subconsciente de los sujetos para modificar la realidad. Esta idea no es nueva, podemos hallarla en Descartes, relatos chinos (“El sueño infinito de Pao Yu”, “Sueño de la mariposa”), pero fundamentalmente en los relatos de Jorge Luis Borges (“Las ruinas circulares”, “El episodio del enemigo”). El escritor argentino estaría contento si viera esta película, donde un grupo de hombres penetran en los sueños de los hombres para rehacer la realidad, mezclándose lo que es realidad con lo que es sueño sin poder delimitar con precisión los territorios. También los “amuletos” que van apareciendo en la historia son signos indudables de la literatura borgiana: la pieza de ajedrez (como símbolo de la determinación y del hombre como pieza de un ajedrez; ver el poema “Ajedrez”, o el relato “La sombra de las jugadas” de Edwin Morgan); el dado (signo del azar matemático); y el trompo (signo del movimiento circular que representa la eternidad) El relato, de gran complejidad, podía ser una trampa mortal, pero Nolan resuelve con maestría las dificultades que plantea narrar una historia con distintas dimensiones y nos deja un gran sabor de boca a los amantes de la literatura fantástica. Continuar leyendo »
Cuando empezamos a curiosear acerca de lo que sea esa disciplina llamada “Filosofía”, se nos dice que esta es “amor por la sabiduría”. Según relata Platón en el “Banquete” el verdadero filósofo no es ni el ignorante ni el sabio; el primero porque en su ignorancia no siente que nada le falte, y el sabio, por serlo, no necesita de ningún nuevo conocimiento. Entonces al filósofo podríamos imaginarlo como aquel sujeto que está en el medio de uno y de otro, un sujeto que siente una ausencia que necesita cubrir con conocimiento.
Podemos imaginarnos al filósofo día a día subiendo una cuesta con una enorme roca sobre su cabeza, siendo consciente y teniendo como segura certeza que al llegar a la cima de la montaña los dioses tirarán la roca y mañana habrá que volver a emprender nuevamente la tarea. Sin embargo el filósofo no es un idiota sino un devoto creyente, carga la pesada roca porque tiene la esperanza de que algún día, en su caminar, algo habrá sido distinto (aunque no pudiera precisar qué), y al llegar a la cima la roca no rodará hacia abajo y él no la mirará con la resignación que produce el incesante navegar del tiempo contrapuesto a la ausencia de movimiento del sujeto. La esperanza del filósofo es idéntica a la del creyente, a la del matemático o el físico y no es otra que esperar (en el sentido de aguardar, pero también de esperanza) que el mundo tenga un sentido y que sea descifrable para los animales racionales. En definitiva, el amante de la sabiduría no es esencialmente distinto a los otros mortales que esperan la providencia, sino que es un individuo que dirige su fe hacia nuevos dioses. Continuar leyendo »
Si bastase con amar, las cosas serían demasiado sencillas. Cuanto más se ama tanto más se consolida lo absurdo. No es por falta de amor por lo que Don Juan va de mujer en mujer. Es ridículo presentarlo como un iluminado en busca del amor total. Pero tiene que repetir ese don y ese ahondamiento porque ama a todas con el mismo ardor y cada vez con todo su ser. De ahí que cada una espere darle lo que nadie le ha dado nunca. Ellas se engañan profundamente cada vez y sólo consiguen hacerle sentir la necesidad de esa repetición. “Por fin -exclama una de ellas- te he dado el amor”. ¿Sorprenderá que Don Juan se ría de ella? “¿Por fin? -dice-; no, sino una vez más”. ¿Por qué habría de ser necesario amar raras veces para amar mucho? Continuar leyendo »
Llegado al pueblo de Sisto y habiendo bajado en la acostumbrada posada donde solía ir a parar dos o tres veces al año, Cristoforo Schroder, comerciante de maderas, se fue enseguida a la cama, porque no se sentía bien. Mandó después a llamar al médico doctor Lugosi, que lo conocía de años. El médico vino y pareció quedar perplejo. Para descartar que fuese algo grave, le hizo darle una botellita de orina para examinarla y prometió retornar el mismo día.
A la mañana siguiente Schroder se sentía mucho mejor, tanto que quiso levantarse sin esperar al doctor. En mangas de camisa estaba haciéndose la barba cuando llamaron a la puerta. Era el médico. Schroder le dijo que entrase.
<<Estoy muy bien esta mañana>> dijo el mercader sin siquiera voltearse, continuando con la afeitada delante del espejo. <<Gracias por haber venido, pero puede irse>>.
<<¡Cuánta prisa, cuánta prisa!>> dijo el médico, y luego hizo un golpecito de tos para manifestar un cierto embarazo. <<Estoy aquí con un amigo, esta mañana.>> Continuar leyendo »
Yo no soy ni sabio ni ignorante. He conocido alegrías. Decir esto es demasiado poco: vivo, y esta vida me produce el mayor placer. Entonces, ¿la muerte? Cuando muera (tal vez dentro de poco), conoceré un placer inmenso. No hablo del sabor anticipado de la muerte que es insulsa y a menudo desagradable. Sufrir es embrutecedor. Pero tal es la verdad relevante de la que estoy seguro: experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin Imites.
He errado, he ido de un lugar a otro. Estable, he permanecido [demeuré] en una sola habitación. He sido pobre, después más rico, luego más pobre que muchos. De niño, tenía grandes pasiones, y todo lo que deseaba lo conseguía. Mi infancia ha desaparecido, mi juventud se ha quedado en el camino. No me importa: lo que ha ocurrido, me alegro por ello, lo que ocurre [ce qui est] me gusta, lo que viene me conviene.
¿Es mi existencia mejor que la de todos los demás? Tal vez. Yo tengo un techo, muchos no lo tienen. No tengo la lepra, no estoy ciego, veo el mundo, una suerte extraordinaria. Yo la veo, esta luz [jour] fuera de la cual no hay nada. ¿Quién podría quitarme eso? Y cuando esta luz [jour] se oscurezca, me oscureceré con ella, pensamiento, certeza que me arrebata. Continuar leyendo »
El hecho ocurrió esta mañana, en mi ciudad, en mi casa. Lo escribo inmediatamente para no considerarlo un sueño, para no olvidarlo jamás, para que pueda servir a un tercero. Ahora, una vez escrito, pienso que los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Ello no significa que el relato pueda ser considerado cierto y pienso que muchos no lo tomarán en serio.
Estaba sentado en el sofa de mi casa leyendo con mortal aburrimiento las noticias del periódico. Llegue a pensar que las desgracias estaban eternamente justificadas y que a nadie le podría ocurrir algo que de un modo u otro no se hubiese ganado con los años. Continuar leyendo »
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Un saludo a todos, navegantes errantes.