“De su descripción se sigue que tendríamos que asumir que los racionalistas críticos son mentes libres y que escriben en un estilo vigoroso y vivo, que han considerado los límites de la racionalidad, que se oponen a la ciencia en su intento de dominar la sociedad, que han descubierto nuevas formas de exponer sus puntos de vista, que se sirven al máximo de los medios de comunicación, cine, teatro y diálogo además del ensayo, que han descubierto la función de las emociones en el discurso y muchas más cosas de este estilo, como que los racionalistas críticos forman parte de un movimiento interesante que ayuda a la gente en su deseo de libertad e independencia y que cultiva lo mejor que hay en ella. Sin embargo, yo sólo veo otro puñado más de intelectuales lúgubres que escriben en estilo amazacotado, repitiendo ad nauseam unas pocas frases elementales, y que están fundamentalmente interesados en desarrollar epiciclos alrededor de monstruos intelectuales tales como la verosimilitud y el aumento de contenido. Sus seguidores son asustadizos o rencorosos, según la clase de oposición que tengan que afrontar, desprovistos de un mínimo de imaginación, No practican la crítica, es decir, no inventan nuevas formas de situar sus concepciones en perspectiva; rechazan lo que no les cuadra con la ayuda de frases hechas. Si el asunto no les es familiar y no puede ser abordado fácilmente, se quedan confusos como el perro que ve a su dueño con vestidos a los que no está acostumbrado: no saben si deberían echar a correr, ladrar, morderle o lamerle la cara. Esta filosofía se ajusta perfectamente a la mentalidad de los jóvenes intelectuales alemanes. Estos son gente muy «crítica», están contra muchas cosas pero tienen mucho miedo de cargar con la responsabilidad de sus ataques y por eso buscan algún tipo de seguridad. Ahora bien, ¿qué mayor seguridad que el útero de una influyente escuela que proteja al crítico de las repercusiones de su crítica? ¿Y qué mejor útero que el racionalismo crítico que incluso parece tener de su parte la autoridad de la ciencia? Ciertamente, el racionalismo crítico no es en realidad una filosofía, es una divagación confusa sobre la ciencia. Ciertamente, esta divagación no es ni correcta ni crítica: no existe un sólo evento interesante en la historia de la ciencia que pueda ser explicado de modo popperiano y no existe un sólo intento de ver la ciencia en perspectiva. Esta «filosofía» no es más que filosofía creyente pero no una sierva muy perspicaz de la ciencia, del mismo modo que fueron creyentes otras filosofías anteriores sin ser tampoco siervas muy perspicaces de la teología. La crítica nunca va dirigida a la ciencia como un todo (como nunca fue dirigida a la religión como un todo); la mayoría de las veces, dicha crítica se dirige o bien contra filosofías rivales o contra desarrollos impopulares dentro de las ciencias mismas: procura evitarse siempre cualquier conflicto con la corriente principal de la ciencia. Todos estos inconvenientes carecen de importancia: nuestros nuevos intelectuales no poseen ni la imaginación, ni la audacia, ni el conocimiento histórico suficientes para percatarse de cuan mal parado sale el racionalismo crítico al compararlo con la tradición racionalista. Lessing también fue racionalista; ¡pero qué diferencia! Lessing era consciente de la nefasta influencia que ejercen las escuelas sobre el pensamiento y se negó por ello a convertirse en fundador de una de ellas (de forma similar algunos de los primeros médicos, que no querían ver su eficacia terapéutica estorbada por la adhesión a las doctrinas de una escuela, se consideraban a sí mismos partes integrantes de una «tendencia» que podía ir en cualquier dirección), Lessing constató la influencia inhibidora de los nexos académicos y en consecuencia se negó a aceptar una cátedra, Quería ser «libre como el gorrión» aun cuando ello significara soledad y hambre. Lessing se dio cuenta de que una «filosofía que constituyera un sistema de pensamiento no haría más que inhibir su capacidad inventiva, y por ello dejaba que el asunto discutido determinara el modo de la discusión y no al revés. Para él la racionalidad era un instrumento de liberación que tenía que ser constantemente reconstruido: no era una forma abstracta a ser impuesta sin consideración de las circunstancias. Lessing admiraba algunas filosofías, como por ejemplo la explicación que ofrece Aristóteles del drama, pero estaba dispuesto a modificarlas, e incluso abandonarlas, si una nueva entidad de su dominio, como una combinación todavía no conocida de procedimientos dramáticos, llegara a conseguir suficiente vitalidad intrínseca como para sugerir un cambio de criterios. ¡Qué contraste entre un hombre libre como este y los ansiosos roedores popperianos que pueblan la escena intelectual alemana! ¡Qué contraste tan grande en libertad, inventiva, habilidad y carácter! La filosofía de Lessing era una forma de vida, su racionalismo un instrumento para mejorar tanto el pensamiento como las emociones, tanto las ideas como las formas de expresión, tanto los principios generales como las circunstancias específicas, mientras los popperianos se restringen a lo que ellos mismos gustan llamar «ideas», e incluso en esta área son esclavos de unas pocas consignas mal entendidas sobre la ciencia. Esta filosofía constituye un escolasticismo de la peor clase, una ideología no informada, corta de miras y que esclaviza por estupefacción. Desde luego, las filosofías de escuela surgen por lo general cuando las ideas se introducen en la escena académica. Pero en nuestro caso, el creador de la escuela no está completamente exento de culpa. Sólo hay que considerar la forma en que describe Popper el origen de sus ideas: un joven pensador que vivía en Viena, atento a la situación intelectual que le rodeaba. Se encuentra con el marxismo, la teoría de Freud y la teoría de la relatividad. Todas teorías muy notables. Pero Popper observa una extraña diferencia entre ellas. Observó que el marxismo y el psicoanálisis podían explicar aparentemente cualquier hecho de su dominio. Sin embargo, la teoría de la relatividad estaba construida de tal forma que ciertos hechos hubieran podido significar su defunción, Aquí, constata el joven Karl, radica la diferencia entre ciencia y no-ciencia: la ciencia es conjetural y falsable, la no-ciencia no puede ser falsada. ¿Voy bien?” (p. 176-177)
A: La teoría de Popper no está vinculada a ningún modelo particular.
B: Pues en su LSD sí parece estarlo. En esta obra nos encontramos con enunciados generales y enunciados singulares, y los enunciados generales se contrastan sobre la base de enunciados singulares. Pero ahora no nos interesa esta deficiencia. Se trata de una deficiencia susceptible de enmienda. Vamos a suponer, en consecuencia, que el modelo de Popper constituye una reconstrucción correcta de una parte de la ciencia; ello deja intacta la cuestión de si dicho modelo funciona en este mundo.
A: ¿Qué quiere Ud. decir?
B: Pues que, según el modelo popperiano, hacemos conjeturas audaces e intentamos refutarlas con la ayuda de observaciones y experimentos. Supongamos ahora que toda generalización, por muy hábilmente que haya sido concebida, está rodeada siempre por un océano de observaciones en contra. ¿Qué hacemos entonces?
A: No veo el problema.
B: EI problema es el siguiente. Si Ud. hace una generalización y no encuentra evidencia alguna que la amenace, entonces puede usarla en alguna tarea constructiva. Puede contrastarla; en el decurso de la contrastación encontrará hechos nuevos y así aumentará gradualmente tanto su conocimiento factual como su comprensión del mundo. Si después de 50 años se ve forzado a abandonar la teoría debido a la evidencia en contra, no se habrá producido ningún perjuicio, pues la teoría, aunque falsa, le ha ayudado a hacer avanzar la ciencia. ¿Estoy en lo cierto?
A: Sí, lo está.
B: Supongamos ahora que el mundo no está construido de manera tan confortable. Los hechos conflictivos no llegan tras un período de paz que pueda utilizarse dejando que la teoría trabaje por Ud., sino que esos hechos están ahí desde el mismo momento en que se introduce la teoría. ¿Qué hace Ud. entonces?
A: Un hecho conflictivo deviene hecho refutador sólo cuando es aceptado como tal.
B: Así pues, lo que Ud. viene a decir es que puede vivir con hechos conflictivos tanto tiempo como le plazca. Pero entonces cualquiera puede elegir la teoría que desee y vivir con ella sin importar cuantos hechos conflictivos haya, con tal que se posponga indefinidamente la decisión de producir refutaciones.
A: De ningún modo. Si hay conflicto, entonces se crea un problema y el problema debe ser resuelto.
B: Lo que significa que habrá que examinar los hechos. Ellos crean el conflicto.
B: ¿Todos los hechos?
A: En principio, sí.
B: ¡Interesante! De modo que hay algo que Ud. hace en principio, y hay otras cosas que hará efectivamente. Ahora bien, si Ud. puede actuar así, el inductivista puede hacer exactamente lo mismo. “En principio”, dirá el inductivista, “puedo determinar las probabilidades, pero en la práctica he de apoyarme en la intuición y en conjeturas audaces”.
A: No, no me ha comprendido. Puedo examinar en principio todos los hechos recalcitrantes, pero en la práctica tal vez tenga que examinar solamente dos, pues puede ocurrir que el segundo hecho me obligue ya a rechazar la teoría.
B: Estoy mucho más interesado en la situación opuesta: Ud. Retiene la teoría durante mucho tiempo, durante más de 250 años que constituyen el período de vigencia de la teoría gravitacional de Newton y de su mecánica. ¿Cuándo rechaza Ud. la teoría?
A: Cuando encuentre un hecho refutador.
B: ¿Cuándo convertiría Ud. uno de los hechos recalcitrantes en un hecho refutador?
A: Cuando una investigación adicional me haya convencido de la realidad del efecto por ese hecho.
B: Es decir, cuando haya ideado una hipótesis de nivel inferior que explique el hecho recalcitrante…
A: Sí, precisamente…
B: … asumiendo, desde luego, que Ud. no haya convertido todavía sus hechos recalcitrantes en hechos refutadores.
A: Desde luego.
B: De este modo, todo lo que Ud. afirma es que rechazará una teoría que esté en contradicción con algunos hechos tan pronto haya decidido tomar en serio uno de esos hechos.
A: Sin olvidar los argumentos por los que ciertos hechos deberían tomarse en serio…
B: … Argumentos que incluyen el supuesto de que los hechos que parecen amenazar el efecto que produce el hecho que Ud. quiere tomar en serio no serán nunca tomados en serio o, mejor dicho, que nunca hay ninguna razón para tomarlos en serio.
A: Sí, pero eso es obvio. Hay que hacer montones de supuestos.
B: Pero entonces, ¿cómo argüir contra el científico que conserva la teoría que Ud. quiere abandonar haciéndole observar que los hechos que amenazan el efecto han de ser tomados en serio y que por tanto el efecto en cuestión es aparente?
A: Bueno, tendría que examinar esos hechos.
B: Es decir: no puede criticar de irracional a nuestro científico.
A: No, no puedo.
B: Supongamos ahora que no hay hechos amenazadores para su efecto y que el científico simplemente afirma que esos hechos aparecerán el día menos pensado. ¿Qué ocurre entonces?
A: Lo consideraría un paso sumamente irracional.
B: ¿Tan irracional como su expectativa de que ninguno de los hechos amenazadores descubiertos efectivamente será tomado en serio alguna vez? Donde “hecho amenazador” significa siempre un hecho que está en conflicto con la hipótesis de que otro hecho que está en conflicto con la teoría bajo revisión es el resultado de un efecto real.
A: Bien, creo que todo eso se sale del tema.
B: Yo no lo creo. Popper pretende decirnos qué es racional y qué no lo es en ciencia. Afirma que es racional rechazar una teoría que está en conflicto con un hecho aceptado, y que es irracional retenerla. Asume que semejante directriz basta para que la selección de teorías sea algo unánime y para que los debates sobre dicha selección sean racionales. Ahora bien, resulta que siempre que alguien rechaza una teoría sobre la base de la evidencia refutadora aceptada hace supuestos que son tan racionales (o irracionales) como los supuestos de su oponente, quien se niega a aceptar esa evidencia como refutadora. Además, la elección de teorías no es racional porque los pasos que la harían racional descansan sobre supuestos que a menudo no son más que impulsos viscerales: primero las partes interesadas han de decidir que evidencia están dispuestas a aceptar como evidencia refutadora, después puede ponerse en marcha el «procedimiento racional» de la refutación. Pero la decisión incluye elementos que ya no son racionales porque se refieren a las circunstancias bajo las cuales resulta efectiva esta forma particular de racionalidad. La situación es, si cabe, todavía peor. Supongamos que todas las partes han aceptado algunos hechos como reales y estos hechos contradicen una teoría que todas esas partes aceptan. Aún así, es posible postular efectos desconocidos, «variables ocultas», responsables de la ocurrencia aparente de un conflicto cuando en realidad no hay conflicto alguno. De nuevo, semejante supuesto es tan «razonable» como el supuesto de la ausencia total de tales efectos y este segundo supuesto vuelve a hacerse cuando afirmamos que la teoría ha sido rechazada definitivamente de manera «racional». Cabe imaginar, desde luego, un mundo en el que la metodología de Popper ofrezca una explicación completamente racional de todos nuestros pasos y movimientos. Un mundo de este tipo consistiría en situaciones que pueden identificarse de manera relativamente simple: no existen interferencias o perplejidades en nuestros experimentos y observaciones, los hechos nunca aparecen mezclados unos con otros, no existen «hechos ocultos». En este mundo, bastante similar al mundo vislumbrado por Wittgenstein en su Tractatus, la falsación y el aumento en contenido pueden guiar todas nuestras acciones científicas y la ciencia, una vez aceptada la metodología de Popper, puede ser enteramente «racional». Creo que está claro que no vivimos en un mundo semejante. En nuestro mundo, las reglas de Popper son instrumentos inadecuados para seleccionar teorías de modo «racional». Pero en realidad, estos detalles no me interesan mucho. La que me interesa es que se trata de una filosofía que torna la ciencia como un supuesto y ve todo lo demás en sus propios términos. No es esto lo que necesitamos hoy día. Pero, por desgracia, la gente parece preferir reglas simples a puntos de vista que subrayan la complejidad de todas nuestras decisiones. Esta es la razón por la que los filósofos gustan ahora de la metodología, lo que constituye un toque de alerta para mí mismo, pues se supone que estoy escribiendo un ensayo sobre metodología.”