La rosa ya no se marchita, es eterna, funcional, sempiterna… pero ya no tiene aroma. Es extraño imaginar que las verdaderas rosas serán sustituidas por rosas de plástico, hasta sospechar que desaparecerán todos sus arquetipos originales y que sólo permanecerán estas nuevas creaciones de la técnica y, más aún, que a las generaciones futuras les será imposible pensar en otras rosas que no sean estas artificiales. ¿El problema del aroma? A pesar de lo que pueda especularse, no es un gran problema: la técnica lo solucionará insertando olores que se desprendan de los falsos pétalos, casi idénticos a los de la rosa de los poetas y ya nadie querrá saber más nada de aquella marchita flor que tantas veces provocó un torrente de sangre por sus afiladas espinas. Los amantes de otros tiempos pensarían que es imposible imaginar la muerte de la rosa, que esta divina flor no puede tener sustituta, pero nosotros hemos de explicar que la sustitución ha sido fruto de un proceso meditado – tal vez macabro- en el que se han subsidiado a aquellos floristas que introducían flores transgénicas, con un aroma menos profundo y menos adorable, con un rojo menos vivo y pasional y, sin embargo, con una mayor cantidad de espinas. Las rosas se volvieron paulatinamente “metáforas muertas” y la humanidad fue olvidándolas a través de las generaciones; tan sólo se narran anécdotas de individuos que han fallecido a causa de las criminales espinas y que el pretendido aroma tampoco ameritaba el riesgo.
¿Qué hay de la política? Avanza sin aroma, como dijera Borges en otro sentido, es “la rosa sin porqué”, pretende estar libre de ideología, disfraza sus motivos con metáforas nuevas, es la invasión silenciosa, diurna, indefendible, de la tecnocracia. La tecnocracia, según Roszak, es la cumbre de la integración organizativa de la sociedad industrial; las nuevas metáforas con las que opera con aire incuestionable son: “necesidad de mayor eficacia”, “seguridad social”, “coordinación a gran escala de hombres y recursos”, “crecientes niveles de abundancia”, etc. Es una nueva era: la de la ingeniería social. Este ejército silencioso de técnicos nos ha invadido, encerrado dentro de las murallas de nuestro pequeño burgo y ha provocado lo que denuncia Roszak:
La política, la educación, el ocio, las diversiones, la cultura en su conjunto, los impulsos inconscientes e, incluso, como veremos, la protesta contra la tecnocracia misma, todo se convierte en objeto de examen puramente técnico y de manipulación puramente técnica. [1]
Tal vez, aunque no sea publicitado en los medios de comunicación, algún amante romántico extrañe la rosa original; si los hay, son pocos, y el resto de los hombres no lo entienden y lo rechazan por extravagante. Los ciudadanos de la nueva era no pierden su tiempo, leen el periódico cada mañana (sospechando ingenuamente que cada día es significativo), han comprendido perfectamente la complejidad que implica la creación de esa maravilla que es la nueva rosa de plástico, entienden que ellos como ciudadanos no podrían hacerlo y que es necesario que existan técnicos que se ocupen de esos indescifrables métodos de creación. Incluso, este buen ciudadano tiene una inclinación favorable a aceptar la analogía: si tan bien llevan estos técnicos tareas tan complejas, por qué no dejarlos que se inmiscuyan, con el fin de ayudarlo, en los aspectos más íntimos de su vida. Como señala Roszak:
“En una sociedad de esta clase, el ciudadano, confrontado con problemas de dimensiones y complejidad que le llenan de confusión, siente la necesidad de traspasar su responsabilidad en todas las materias a aquellos que las conocen mejor.”[2]
Es un nuevo paradigma: el de la política sin ideología, al que llamamos “tecnocracia”. Roszak define la tecnocracia como:
“La sociedad en la cual los que gobiernan se justifican porque se remiten a los técnicos, los cuales, a su vez, se justifican porque se remiten a formas científicas de pensamiento. Y más allá de la autoridad de la ciencia ya no hay santo al que encomendarse.”[3]
El ciudadano se encuentra como aquel campesino del “Ante la ley” de Kafka, no lo dejan entrar, hay mil puertas antes de llegar a la ley, sólo le queda esperar a que el guardián le permita traspasar la puerta, aunque esto no suceda jamás. El ciudadano de la sociedad tecnócrata se encuentra en una espera infinita, los guardianes son los técnicos inexpugnables disfrazados con sus conocimientos inaccesibles, se protegen mediante idiomas indescifrables (acuñan términos cuyas verdaderas referencias sólo conocen los miembros del sindicato de guardianes), detrás de todos esos protectores de la ley, si lográramos avanzar, nos encontraríamos con la ley impoluta y cristalina: la verdad sin ideología. Esta es la característica de la tecnocracia: se presenta como ideológicamente invisible.
Pero estamos contentos. El totalitarismo de la tecnocracia nos tiene maravillados con la sustitución de la vieja rosa que nos desangra, por la nueva rosa plástica que tan hermosa queda en el salón, en definitiva, con la metamorfosis del amor en pornografía. Esta es otra de las notas de la tecnocracia que analiza Roszak:
“El rasgo distintivo del régimen de los expertos es que, aun poseyendo un amplio poder coercitivo, prefiere ganar nuestra conformidad explotando nuestra profunda e íntima veneración por la visión científica del mundo y manipulando la seguridad y el confort de la abundancia industrial que nos da la ciencia.”[4]
¿Cuál es el manual de instrucciones de la tecnocracia? Este es el que presenta Theodore Roszak:
- Que las necesidades vitales del hombre son de naturaleza técnica. (…) Si un problema no tiene una solución técnica de este tipo, es que no debe ser un problema real
- Que este análisis formal de nuestras necesidades ha alcanzado ya un noventa y nueve por ciento de perfección. (…) Cuando la felicidad ha sido calibrada con tal exactitud y los poderes existentes son tan bienintencionados, no es posible que una controversia se deba a un problema sustancial, sino solamente a un malentendido. (…)
- Los expertos que cuentan son los expertos bien certificados, y estos pertenecen todos a los niveles supremos del mando [Estado]” (págs. 24-25)
“[La estrategia básica de la tecnocracia] consiste en llevar la vida a un nivel rastrero que la técnica pueda controlar, y luego, sobre esta exclusiva y falsa base, proclamar una intimidatoria omnicompetencia sobre nosotros gracias a su monopolio de expertos. [5]
Como decía, estamos muy felices. Tenemos “pluralismo”, tenemos “democracia”, tenemos “libertad”. El “pluralismo” es un pequeño truco, eficaz, que permite a las autoridades afirmar el derecho de todos a tener su opinión y así poder ignorar cualquier inquietante disconformidad que surja. Cualquier discrepancia caerá en el olvido, sepultada por miles de titulares de revistas y publicaciones sin sentido que harán que nadie pueda decir que ha existido. Seguimos muy, pero muy felices, porque en este maravilloso mundo que han creado los técnicos sin intereses ideológicos, podemos, siendo unos profundísimos ignorantes, opinar en la televisión (seleccionados al azar) sobre física cuántica y decir que preferimos a Roberto Carlos antes que a Einstein. Y hasta podemos ser legisladores, porque este es el mejor sistema posible, la democracia actual, en la que sólo se nos pide, para que no perdamos nuestro valioso tiempo – ya hay gente preparada que se ocupa de nuestra libertad por nosotros – , que asintamos o neguemos con la cabeza a las alternativas manufacturadas por los “fabricantes de decisiones” (tomo el término de Roszak).
Los técnicos son nuestros nuevos padres benevolentes, lo hacen todo por nuestro bien, sin intereses (sin ideología); sólo nos ponen como condición no querer salir de ese mundo que nos han diseñado (¿el mejor de los mundos posibles?). Es el “Show de Truman”, todo es genial hasta que se te ocurre salir de él. Así denuncia Roszak este modelo:
“El problema fundamental con el que nos enfrentamos es el paternalismo de los expertos dentro de un sistema socio económico organizado de tal forma que no hay más remedio que depender de ellos. Además, es un grupo que ha aprendido mil formas de manipular nuestra aquiescencia, todas ellas de una sutileza imperceptible.”[6]
Ingenuo sería pretender abandonar los beneficios de la técnica, que son muchos y ya están enumerados en todos los carteles propagandísticos y publicitarios que engalanan la ciudad, además de los medios de comunicación de masas y las señoras que disputan en las calles. El objetivo que tenemos por delante radica en quitar los disfraces en los que se han camuflado, los maquillajes con los que han conseguido simular perfectamente sus verdaderos intereses; detrás de la política sin ideología, la tecnocracia, se encuentran los mismos de siempre que se han perfeccionado, también, técnicamente: los viejos y los nuevos burgueses, que como ya denunciara de este poderoso grupo Roland Barthes, “la burguesía se define como la clase social que no quiere ser nombrada”.[7]
[1] Ibíd. Pág. 20
[2] Ibíd. Pág. 21
[3] Ibíd. Pág. 22
[4] Ibíd. Pág. 23
[5] Ibíd. Pág. 24-25
[6] Ibíd. Pág. 33
[7] ROLAND BARTHES, El mito hoy, incluido en Del Mito a la ciencia, Cuadernos del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales, Caracas 1972, pág. 39.