“A consensual hallucination experienced daily by billions of legitimate operators […]. Lines of light ranged in the nonspace of the mind, clusters and constellations of data. Like city lights, receding…”
William Gibson
(Dibujo de Rene Menn)
“Sabía que aquella sería la última vez que volvería a verla, al menos en esta vida. “No te queda otra alternativa” se dijo a sí mismo. Bajó la cabeza para cerciorarse de que el amuleto seguía allí, pendiendo de su cuello, emitiendo aquel extraño y rutilante brillo. El bocor le había dicho que el pequeño ópalo que le entregaba contenía el poder de Samedi, loa de la muerte. Un auténtico salvoconducto a la eternidad. Sintió las primeras gotas de la lluvia nocturna tamborilear en la cazadora de plástico poco antes de que comenzara a diluviar. El puerto se estremeció en el ocaso, y se sumió en un mundo borroso, oculto tras un denso velo de agua gris. Apoyó sus manos en una de las barandillas que daba al río y observó la ciudad que se extendía y erigía en la otra orilla. Allí encontraría sus dos únicos destinos: la muerte y la vida eterna. Varias semanas hacía que evitaba Nueva York; sin embargo, ahora estaba allí, dispuesto a entrar, esperando tan solo a estar preparado. Esperando tan solo verla una vez más.
El azul estático de un tren metropolitano se inyectó en la ciudad, apenas distinguió la luz difuminada antes de perderse en la maraña luminosa de la metrópolis. Se alejó de la zona portuaria para introducirse en el laberinto de almacenes interiores. Allí, las miradas de aquellos que no podían conciliar el sueño, lo acechaban ocultos en los rincones más oscuros.
En el cielo las lámparas colgantes danzaban balanceadas por el viento y la lluvia, creando un siniestro teatro de sombras sobre sombras. Se detuvo frente a la puerta número 27, y el golpe de nudillos se amplificó en un ruido metálico que inundó la galería. La persiana emitió un chirrido estridente y comenzó a ascender. Tras ésta, apareció su cuerpo envuelto en una manta de seda, acanalando su esbelta figura.
Le habló con aplomo, y, aunque trataba de tranquilizarlo, sus palabras sonaban vacuas; no obstante, su voz, dulce y sincera, apaciguaba su zozobra. Miró a sus ojos, fijamente, calibrando cada pensamiento oculto, y supo que mentía. Pero, después de todo, no le quedaba otra alternativa, él sabía que ella temía que abandonase justo al final. Sarah se estremeció levemente, dando muestras de desfallecimiento, y se abalanzó sobre su cuello rodeándolo fuertemente. Apretó la mejilla contra su pecho y rompió a llorar.
Había llegado el momento de partir. Zack la miró acurrucada sobre la almohada con las sábanas enrolladas por la cintura. Su cuerpo ascendía y descendía suavemente al respirar. La había visto más de un millar de veces dormida, pero aún así no podía evitar sonreír al observarla. Se sirvió una taza de café de una Sendai, y saboreó el desagradable regusto a metal. Ahogó un incipiente suspiro en un último buche de café y se enfundó la chaqueta. Fue uno de esos besos eternos, grabado a fuego en sus labios, que arrancó la única lágrima que Zack había vertido en su vida. Aún dormía cuando la vio desaparecer tras la persiana metálica del almacén.
El reloj holográfico de la estación marcaba la hora señalada. El andén ostentaba soledad, era una pequeña ínsula de luz en un mar de negrura expectante. Vio al hombre de la gabardina color aceituna de espaldas, de cara a la pared; parecía haberse mimetizado con el muro, se giró, y, de la homogénea pared verdosa, surgió su rostro, huraño y sibilino.
- Te has retrasado- objetó el desconocido
- Puede que sea la última vez- añadió Zack, lacónicamente, con una amarga sonrisa en los labios
- Vamos, llegamos tarde- y se giró en dirección a los rieles del tren sin añadir nada más.
Se desvelaban, aún, algunos vagabundos agazapados en las esquinas más cálidas de la estación cuando irrumpió el ruido del tren por las galerías. Apenas pudo distinguir el tren ralentizando tras la lluvia conforme se acercaba. El hombre se perdió tras la cortina de agua que los separaban del interior del vagón. Zack, vacilante, se ocultó bajo las solapas de la chaqueta de plástico y cruzó. Miraba a Zack de hito en hito en una continua evaluación que nunca concluía.
Aún dudaba de la elección última que lo había llevado a estar en un lluvioso día como aquel en el metro, camino de Arasaka, en manos de aquel corporativista. Después de todo ¿Confiaba realmente en el ciberespacio? ¿Qué era para él si no un lugar en el que ganarse la vida, un ente abstracto que acaso no existiese en realidad? ¿Qué sería de él una vez fuese vertido en aquel extraño mundo? Sus pensamientos nunca habían ido más lejos, no habían atravesado la esencia de la matriz, nunca le habían importado. “Allí no hay un donde” resonaba en su mente, mientras trataba de recordar algo que no alcanzaba a concretar, y permanecía informe en su memoria. Su visión translucía solapando recuerdos entre las imágenes del inexpresivo rostro del desconocido.
- Te queda bien- dijo con una coqueta sonrisa
- Creo que es lo que necesitaba oír, me lo llevo- dijo Zack amablemente, mientras observaba, disimuladamente, la acera de enfrente a través del escaparate de la tienda- ¿No tendría también un micratech ocular?
- ¡Y si no lo tenemos es que no merece la pena!- amplió su sonrisa varios centímetros más, y se introdujo en la trastienda contoneando exageradamente el trasero. Zack sabía que aquella noche dormiría con ella.
La señal no fue lo que el esperaba, quizás no esperaba nada o, simplemente, no quería que ocurriese. Una luz roja comenzó a titilar sobre la enorme puerta del edificio del banco de datos, y, de la puerta, salió un hombrecillo que caminaba con pasos difíciles y encorvado. Zack se dirigió, a todo correr, a socorrerlo, mientras que aquel se desplomaba moribundo. Su rostro, antes orondo y rubicundo, se tornaba pálido, y de su pecho una creciente mancha roja emergía a borbotones, formando un charco de sangre en el suelo.
- Lárgate cuanto antes – dijo, con acento ruso, entre brotes de sangre – creían que estabas dentro, ¿No lo entiendes? – y volvió a desplomarse dejando caer un disco azulado que Zack recogió rápidamente.
- ¿Cómo que creían que estaba dentro?¿Quiénes?
- Era una trampa…-y emitió un suspiro que eclipsó sus últimas palabras. Cuando las sirenas llegaron, Zack ya había desaparecido.
La parada del metro distaba varios kilómetros del centro corporativo. Anduvieron durante largos minutos bajo la intensa lluvia, que parecía golpear ahora con más fuerza. Las calles desiertas se hallaban sumidas en una tenue oscuridad, solo resquebrajada por las imponentes atalayas corporativas, luminosas y estáticas, que se erigían frente a ellos rodeando a la Plaza de Vertman. En el centro se elevaba la majestuosa fuente de aguas, que, teñidas rosadas y celestes, surcaban imposibles formas geométricas.
Un aerodeslizador de Gecoprom descendió frente a ellos y proyectó una densa y cegadora luz sobre la acera. Zack ocultó su rostro tras el brazo y, aún, pudo observar los fosfenos demorarse en su retina.
-Identifíquense- aulló una voz distorsionada a través de los altavoces
-Prem Palver, número 556672, Arasaka- dijo con pesadez.
-Adelante, pueden seguir- alcanzaron a escuchar poco antes de que se extinguiera la luz y el vehículo volviera a perderse entre los edificios.
La calle recuperó la crudeza de su anterior soledad. Había en el barrio corporativo cierta barrera invisible, como una malla, un campo de fuerza que lo aislaba del resto de la ciudad. Era como una gota indisoluble en un vasto y apestado mar de corrupción social. “Sigamos” dijo Palver con brusquedad. Tomaron rumbo a Arasaka que rasgaba el cielo con su cilíndrica forma torsionada; el neón escarlata interior escapaba a través de los infinitos vidrios que lo componían. La lluvia seguía golpeando con fuerza.
“Vamos, ya lo has hecho antes Zack” se dijo, sosteniendo el dedo índice en el conmutador de la consola. Tenía los trodos sobre la frente, deslizándose arriba y abajo con su violento respirar; las gotas de sudor perlaban su rostro reflejando la luz trémula y parpadeante del monitor. No era tanto la avaricia o la vanidad lo que le empujaba a hacerlo, sino la curiosidad de encontrar un porqué. Sostuvo el disco entre los dedos pulgar e índice, el reflejo de la luz verdosa de la pantalla emitió un destello multicromático al salir despedido de la carcasa. Introdujo el disco, y comenzó a cargar el programa.
//Chimaira.44521.-./#xrtvalue%horse&20_12//…loading
//Chimaira%trtium_.wall2&//…completed
Decidió que aquel era el momento, conectó los trodos y abandonó la realidad. La pantalla del monitor se fue difuminando, perdiéndose ante sus ojos, entre manchas oscuras. Cada arista, de cada objeto allí presente, se fue suavizando, pixelando la realidad circundante, avanzando hacia sus ojos; todo se perdía, abandonado, en algún lugar tras él, en algún lugar que ya no importaba nada. Poco a poco, iban surgiendo las trazas brillantes, la oscuridad absoluta se fue dividiendo en celdas, cuadrículas de lógica que lo abarcaban todo. Ahora la realidad virtual, la que a él le importaba entonces, la realidad absoluta que subyace a aquella falsa realidad, se fue configurando a su alrededor. Tragó saliva, y sintió toda una suerte de sensaciones fruto de un desorden sinestésico. Pulsó enter.
//Chimaria%acv_llki·$pref_blind%20wall//…running
El vacío del ciberespacio se inundó por el caudaloso fluir de bits a su alrededor, crepitaba en la oscuridad, era algo que casi podía tocar y sentir, una sensación intuitivamente inexplicable. Dejó corriendo el disco, conforme el virus desplegaba su programa, acampando a sus anchas; mientras, una perturbación espacio-temporal golpeaba fuertemente la matriz. Desde el interior no pudo oír nada, aunque las alarmas restallaron en diversos puntos de la ciudad. No se percató de lo que ocurría realmente hasta que visualizó su reflejo de soslayo, como en un inquieto espejo que le espiaba y trataba de esquivarle. Como hielo negro acechante. Poco pudo pensar hasta que sintió un quemazón en su cerebro. Cuando recobró el conocimiento, aún no lo sabía, se estaba muriendo.
El amplio hall se elevaba hacia un cielo cerrado en cúpulas de metal, interrumpido por luces escarlatas que hacían de estrellas. El hombre uniformado de la garita de la entrada inclinó levemente la cabeza al paso de Palver, el cual siguió caminando hacia adelante ignorando su presencia. Zack, que tantas veces había soñado con penetrar en aquel edificio, ahora que se encontraba dentro, no sentía excitación ni tan siquiera miedo, solo cansancio.
Palver pulsó el número 82, y las puertas de cristal se cerraron ahogando un suspiro hidráulico. El ascensor comenzó a subir. Vio reflejado en el cristal su rostro, oscuro, mojado, abatido, exangüe, poco antes de que desapareciera al desvanecerse la diáfana luz que inundaba el ascensor. Ambos se refugiaron en la oscuridad, en un silencio absoluto, casi siniestro, mientras sus ojos se acomodaban a la visión de la ciudad.
Camino del cielo, a través de aquel cilindro de vidrio, Nueva York se iba extendiendo a sus pies. La lluvia se arremolinaba, densa y sucia, sobre los rascacielos simulando una niebla espesa, que ascendía desde las alcantarillas. La noche era oscura, el firmamento hacía gala de una negrura desmesurada; no obstante, a sus pies, los edificios se perdían en una maraña de luces de onda corta. Y las gotas, intrépidas luciérnagas que pululan en un mar fosforescente, apresadas en una melaza demasiado espesa, luchando por escapar de aquella gravedad inusitada que las arrastraba hacia un lugar inexistente. Era la Costa Este ahora un luminoso punto en la corteza terrestre, una inextinguible fuente de luz que era vertida hacía el vacío del espacio exterior. La metrópolis no era estática, podía retorcerse, acomodarse, siguiendo su propio ritmo biológico.
Las puertas se abrieron dando paso a una oscuridad añil senescente, oculta en cada arista del pasillo que se extendía ante ellos. Palver posó el dedo índice en una pequeña lámina que había junto a una puerta, y su huella luminosa dejó un longevo rastro verdeazulado. La puerta se abrió y la luz blanca del laboratorio lo cegó.
No podía ver con claridad si aquel era su destino hace tiempo vislumbrado, aceptado o no, si aquello era lo que él siempre había esperado como algo certero. Hubo un tiempo en que eso no le importaba demasiado; no obstante, ahora, el mundo y su entorno habían tomado un cariz extraño.
En la fría sala del edificio Arasaka, los cilindros blancos que colgaban del techo proferían punzadas en sus ojos y en sus recuerdos más inmediatos. Por aquel entonces, los pensamientos fluían veloces, a veces sentía que desbordaban y caían en el vacío oscuro que se encontraba más allá de su conciencia. “Aquel que olvida olvida haber olvidado” pensaba, y sentía que debía aprovechar, exprimir cualquier recuerdo por insignificante que fuese, como si intentase degustar algún vino que nunca jamás volvería a paladear. No podía culpar a su paranoia de percibir la realidad tan grotesca y mísera, pues lo cierto es que lo era realmente.
Sin embargo, sus cavilaciones y temores solo podían hacer eco en aquella blanquísima sala medio vacía infestada de tipos grises con batas blancas y pulcras con el logotipo corporativo. Tal vez le explicaran en qué consistiría todo y no lo había comprendido, o quizás, nunca se lo hicieron saber. Después de todo no era más que un n-experimental más, una sigla, un número que acabaría registrado en cualquier base de datos.
-Abra los ojos-musitó un zumbido eléctrico apenas perceptible
Una intensa luz rojiza perforó su pupila y tiñó de escarlata aquella habitación inmaculada. La pesadez del sueño invadió su despertar y se dejó llevar por un torrente de imágenes que fluían ante él. Y, entonces, el angosto sótano, donde despertó tiempo atrás y que hacía las veces de sala quirúrgica, se le antojó confortable.
No recordaba haber caído inconsciente, pero tenía la sensación de llevar ausente mucho tiempo. Oía, como un eco sordo, una voz de mujer que le era familiar. Su voz. Sollozaba y gritaba, aunque él tan solo podía escuchar palabras sordas ahogadas en agua, como un leve burbujeo.
-¡Debe haber alguna solución!- exclamó azorada-no puedo creer que seas incapaz de hacer nada.
-Tienes que entenderlo, no solo no puedo, sino que es imposible-susurró la voz del Doctor Yanofsky- al menos con los medios de los que dispongo. La lesión está extendida por toda la corteza, parece no haber ningún foco inicial, ¿no lo comprendes? es como si se hubiese originado en todos esos puntos a la vez- indicó con vehemencia señalando una radiografía que sostenía entre sus dedos
-¡Oh, basta!- comenzó a gemir y se desplomó en la silla
Los distintos sentidos afloraban gradualmente, completando así la difusa imagen que hasta entonces había sido toda su percepción. Notó el frío del acero de la camilla de muelles y trató de incorporarse.
-Parece que intenta volver en sí- exclamó ella con excesiva afectación
-Déjelo, tiene que habituarse-añadió mecánicamente- Zack, soy el Doctor Yanofsky, te encuentras en mi clínica, en un sótano de la calle Greenstone…
-…¿Cómo estás?- interrumpió ella, titubeante, con voz nerviosa
-¿Cómo te sientes Zack?- dijo con aparente intención de sosegarla
-Mareado- balbuceó con los ojos entrecerrados mientras trataba de desviar de su campo visual el foco de luz fluorescente que apuntaba a su rostro
-Es normal, te han quemado Zack. De hecho, me sorprende que aún sigas consciente, hace horas que deberías…- y, como quién vuelve a continuar un relato, añadió, con voz meliflua- Te hallaron inconsciente frente a la pantalla. ¿Qué fue Zack, lo recuerdas?
-Hielo…oscuro…muy oscuro… joder, no puedo recordarlo bien- sintió el dolor de la memoria y dijo con voz muy baja- Corrí un disco, un virus ruso o algo así…y entonces vi mi cara reflejada…
-Te han quemado selectivamente, hay degeneración neuronal en toda la corteza cerebral, hay cientos de focos distintos. Es imposible determinar el origen. Es cuestión de días, o de horas, el que se propague y afecte a las funciones vitales básicas. No podemos hacer nada.
-…mi rostro en aquel espejo, como si fuese el de un extraño…- añadió con la mirada perdida
Ella comenzó a llorar mientras Zack trataba de digerir las últimas nuevas. No obstante, y, curiosamente, lo aceptó. Tenía una extraña sensación, de haber dado ya muchas vueltas en torno a aquella cuestión, mientras estaba en coma, en aquel tiempo muerto en que había dejado de ser. Fue entonces cuando oyó hablar, por primera vez, del proyecto.
Ahora, ni tan siquiera podía recordar el nombre. Ahora estaba allí, tumbado frente aquel foco rojizo, e inmerso en una miríada de cables que entraban y salían de su malogrado cuerpo. Apenas podía sentir nada. Los analgésicos lo habían conducido a un nivel de autoconsciencia aún superior; ya poco existía para él a su alrededor. Su memoria era cada vez más restringida. Tenía la sensación de que su mente vagaba por ninguna parte, errabunda, se dejaba llevar por la corriente que en cada momento lo mecía de un lado a otro, como un cuerpo muerto a la deriva en el océano infinito. Fue un instante en que todo aconteció. Un chasquido, sucedido por un quejido nervioso. La oscuridad invadió la nada…”
Siempre concluye de esta forma, como una especie de relato sin sentido e inacabado, que no consigo descifrar; datos recurrentes e impredecibles, ora eones, ora yoctosegundos, que reaparecen sin concreción alguna. Refulge con atrocidad en el vacío del ciberespacio, con una intensidad cegadora y absoluta, para luego desvanecerse, como si nunca hubiese existido, como si todos esos bits simplemente vagasen juntos, inseparables, unidos por un destino incierto a través de la eternidad de la matriz.
*Título tomado de “Mona Lisa Overdrive” de William Gibson, tomado a su vez de Gertrude Stein.
