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El Don Quijote de la Modernidad – G.K. CHESTERTON (Extraído de “El regreso de Don Quijote”)


-          Dicen que soy un anticuado… – se quejó Herne-  que vivo en la edad soñada por Don Quijote. Y quienes lo dicen no acaban de ver que son ellos los que me llevan tres siglos de retraso. Son ellos los que viven en el tiempo en que Cervantes soñó a su Don Quijote, el Renacimiento, una edad que para Cervantes había sido en realidad la era del Nuevo Nacimiento. Yo no creo que un recién nacido que ha cumplido ya los trescientos años esté ingresando en la vida. Lo que está es a punto de salir de ella. Y ha llegado la hora de que renazca de nuevo.

-          Pero si lo hiciera, si volviera a nacer – preguntó Murrel- ¿lo haría como caballero errante?

-          ¿Y por qué no? – preguntó el otro-. Si tomamos como referente la cultura de la Antigua Grecia ¿acaso no renació el griego en el hombre del Renacimiento? Cervantes comprendió que era el romance caballeresco el que iba entrando en decadencia y que tocaba a la Razón ocupar su puesto. Pero en nuestra época lo que agoniza es la Razón y su ancianidad nos merece todavía menos respeto que la vieja novela de caballerías. Hoy demandamos un modo de batallar frontal y directo. Necesitamos a alguien que se crea capaz de derribar gigantes.

-          Y que consiga derribar molinos de viento – añadió Murrel.

-          Si. ¿Ha reflexionado alguna vez – observó su amigo- en lo estupendo que habría sido que Don Quijote echara por tierra los molinos? Por lo que yo sé de la historia medieval, el error de Don Quijote fue haber cargado contra los molinos cuando a quienes debería haber acometido era a los molineros. El molinero ha sido el primer mesócrata de la historia medieval. Con él dio comienzo el moderno sistema de la intermediación; los molinos fueron el primer paso hacia todos los molinos y fábricas que degradan y ensombrecen la vida moderna. En suma, hasta el propio Cervantes escogió un ejemplo que le desautorizaba; y no sólo en este episodio, también en otros. Dando libertad a una recua de cautivos Don Quijote liberaba a los presos convictos. También hoy los que acaban en la cárcel son aquellos a los que se ha reducido a la mendicidad mientras quienes los han expoliado se pasean libremente por las calles. Por eso, no estoy tan seguro de que en su error no hubiese algo más que mera inadvertencia.

Murrel preguntó:

-          ¿No le parece que la vida moderna es lo suficientemente compleja como para que no pueda ser definida en tan pocos rasgos?

-          Lo que creo es que siendo tan compleja – replicó Herne- el único modo de explicarla es desde la perspectiva más simple.

Poniéndose en pie, se puso a pasear por la carretera, yendo y viniendo a grandes zancadas, completamente inmerso en la soñadora energía de su prototipo. Quizá estaba tratando de aclararse a sí mismo el significado más profundo de lo que acababa de decir.

-          ¿No se da cuenta de que estamos hablando de un problema moral? – prorrumpió-. Nuestra sociedad ha llegado a desarrollar una burocracia tan inhumana que casi parece espontánea, natural. Se ha convertido en una segunda naturaleza: tan indiferente, remota y cruel como ella. Otra vez regresa el caballero errante a los bosques sólo que, ahora, no es entre los árboles donde se extravía, sino entre las ruedas del maquinismo. Hemos fabricado un sistema mortal a tan gran escala que ya no podemos prever cuándo o dónde vendrá a golpearnos; esa es la gran paradoja. A fuerza de calcularlo todo este sistema se ha hecho incalculable. Hemos encadenado a los seres humanos a una maquinaria gigantesca y no podemos predecir en qué parte dejará notar sus fallos. La pesadilla de Don Quijote ha encontrado justificación. Porque los molinos de hoy son verdaderos gigantes.

-          ¿Y hay algún modo de enfrentarse a esa pesadilla? – solicitó el otro con ansiedad.

-          Sí, lo hay. Usted ha sabido encontrarlo – confirmó Herne-. Y bien poco le ha estorbado el sistema al ver que el doctor de los locos estaba más loco que el lunático. Por eso es usted, y no yo, el verdadero líder: yo sólo me contento con seguirle. No, usted no es Sancho Panza. Es el Otro.[1]


[1] “El regreso de Don Quijote”, G.K. Chesterton, ed. Cátedra, págs. 444-445

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