1 Puede que yo esté equivocado, pero me da la impresión de que a veces los argentinos no saben qué hacer con Borges. Si bien se mira, es natural: al fin y al cabo Borges es, según todos los indicios, el mayor escritor en español desde Cervantes (o desde Quevedo), y durante siglos los españoles no supimos qué hacer con Cervantes, ignorancia que aprovecharon los ingleses para fundar, siguiendo a Cervantes, la novela moderna, y de paso la más sólida tradición de la narrativa occidental. Dirán ustedes que Borges no pertenece en rigor a la literatura argentina, ni siquiera a la literatura escrita en español, sino a la literatura universal; es verdad, pero me temo que un escritor argentino respondería que eso es muy fácil decirlo cuando uno no es argentino y no padece el hecho de que Borges sea, como dice Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda –uno de los más interesantes ensayos literarios escritos en español que he leído en los últimos tiempos–, “el gran fantasma de la literatura nacional”. O dicho de otro modo: Borges es a la literatura argentina lo que el padre de Hamlet a Hamlet. La anécdota es celebérrima; en 1963, cuando regresaba a Europa tras un exilio de 25 años en Buenos Aires, Witold Gombrowicz dio un único consejo a sus colegas argentinos: “Maten a Borges”. El consejo de Gombrowicz fue escuchado, porque a eso, a tratar de matar al padre o al fantasma del padre, parecieron consagrarse en los años siguientes muchos de los mejores escritores argentinos, desde Sábato y Cortázar –que tuvo que marcharse a París para librarse de Borges–, hasta Manuel Puig, Osvaldo Lamborghini, Fogwill y, en parte, César Aira, convertidos todos ellos, como dice asimismo Tabarovsky, en “máquinas de guerra antiborgeanas”. El fruto de esa guerra fue alguna vez estridente y efectista, casi siempre considerable y en ocasiones glorioso, pero solo como es glorioso un fracaso glorioso. Porque lo cierto es que ahora mismo, en la Argentina y fuera de la Argentina, en el español y fuera del español, Borges o el fantasma de Borges está más vivo que nunca.
2Pero en la Argentina –un país quizá demasiado pequeño para un escritor quizá demasiado grande– los escritores continúan intentando matar a Borges. El penúltimo que parece intentarlo es Pablo Kachadjian en El Aleph engordado (IAP, 2009). La operación que propone Kachadjian es ingeniosa; se trata de tomar el texto de El Aleph –ese cuento en que Borges cuenta la historia prodigiosa de un punto que contiene el universo– y de injertarle, mediante una delicadísima cirugía, frases del propio Kachadjian, de tal manera que, si el texto de Borges tiene aproximadamente 4.000 palabras, el texto de Kachadjian tiene más de 9.600. El resultado del experimento es a la vez brillante e inevitable: brillante porque el cuento de Kachadjian es y no es el de Borges, y porque hay momentos en que Kachadjian consigue el milagro de que, incluso quienes conocemos de memoria el cuento de Borges, lleguemos a dudar de qué es de quién; inevitable porque en definitiva el juego que propone Kachadjian es un juego borgeano, en el que Kachadjian se disfraza de un avatar de Pierre Menard, ese escritor francés inventado por Borges que en la primera mitad del siglo XX, copiando palabra por palabra un fragmento del Quijote, escribió un Quijote que es y no es el Quijote. En suma: lo que en principio parecía un intento de matar a Borges es en realidad un homenaje a Borges.
3 No es fácil matar a Borges. Ahora bien, ¿es necesario? Por supuesto que sí. El problema es que no basta con eso. “I maestri si mangiano in salsa piccante”, dice un personaje de Passolini en Ucellaci e ucellini. Y esa es la cuestión; no basta con matar a los maestros: hay que desplumarlos, quitarles la piel, abrirlos en canal, descuartizarlos, salpimentarlos, guisarlos a fuego lento y servirlos en salsa picante. Es un trabajo cruel y complejísimo, pero respetuoso: la gratitud con el maestro devorado es esencial; también es un trabajo discreto: solo los memos carentes por completo de ambición entienden el combate como un vocinglero “Quítate-tú-pa-que-me-ponga-yo”. Y hay que saborear bien. Y hay que digerir bien. Eso es lo que a mi juicio hay que hacer con los maestros: asimilarlos para que, tanto al menos como en ellos mismos, sobrevivan en nosotros, convertidos en carne de nuestra carne. Eso es lo que hizo Cervantes con sus maestros y eso es lo que los novelistas ingleses hicieron con Cervantes; eso es lo que hizo Borges con sus maestros y eso es lo que, seamos o no argentinos, hay que hacer con Borges. No digo que sea fácil, insisto: digo que es indispensable. Algunos, incluso en nuestra lengua –de García Márquez a Bolaño–, ya lo han hecho. Algunos, incluso en la Argentina, ya lo hicieron: el primero, Adolfo Bioy Casares. Borges no es un fantasma; es solo un banquete: no hay que dejar ni los huesos.
me gustó el artículo, lo saludo pues
david, sigues subiendo articulos muy interesantes. Sin embargo, no se si estoy 100% de acuerdo con Cercas cuando afirma que no basta con matar a los maestros. Ya lo hablaremos cuando me hagas una visita en BCN.
Un beso
Chris
PD- Genial el articulo sobre Chesterton.
pd-
Hombre Cristi, me alegro mucho de que te decidieras a escribirnos en este humilde foro!!
Pero no seas “rajá” y mójate, ¿qué es eso de no se si estoy 100% de acuerdo?
Yo si estoy bastante de acuerdo con el artículo. Compadezco a los escritores argentinos, la sombra de Borges es demasiado ominosa y nunca han coseguido desembarazarse de ella. A diferencia de García Marquez, que, estoy de acuerdo, si supo asimilar, digerir el ejemplo del maestro, y hacer su propio camino; otros, como Cortazar, nunca supieron, les faltó el talento o la fuerza. Cuando uno los lee no puede evitar la coparación, e infaliblemente palidecen ante ella.
Antonio
PD: espero leerte por aquí más a menudo
Responderé por partes: A)saludar a los que nos saludan: a1)Saludar al desconocido; a2) Saludar a Christina; a2.1) preguntar a Christina con qué no está de acuerdo y con qué sí y en qué porcentajes lo uno y en qué porcentajes lo otro; a2.2) Agradecer a Christina por el comentario acerca del texto de Chesterton y recomendarle el libro de ese gordito que odiaba a los pelirrojos; a2.3) Instar a Christina a que publique algo en nuestro blog y que participe más activamente en él. B)Comentar el artículo de Cercas brevísimamente. C) Criticar la crítica ligerísima de Antonio Fernández. D) Sólo desarrollaré los puntos B y C, puesto que los otros han sido suficientemente desarrollados en cuanto títulos.
B)Me encontré este artículo en la estación de autobuses de Granada y pensé que era un gran artículo; aún hoy lo creo. Realmente pienso que todo lector de Borges que pretenda escribir se encuentra con esta encrucijada: la admiración por Borges y, por otra parte, el rencor silencioso; o con otras palabras: el agradecimiento por su obra y el deseo de que no hubiera existido. Estos sentimientos contrarios siempre van a estar, hasta que Borges deje de ser un signo tan potente, hasta que pase a ser una metáfora muerta o una metáfora más; pero Borges es otra forma de llamar a la literatura, es como ese Kant que en un tiempo pareció haber matado a la filosofía con su perfecta síntesis. Borges es la síntesis de la literatura universal.
Sin embargo creo que hay que agradecer a Borges su generosidad (sobre todo las editoriales y sus dueños): Borges no escribió novelas. Este hecho significa que muchos autores pueden tomar las premisas de Borges y hacerlas novelas (Umberto Eco). Borges es el gran dador de premisas o hipótesis, pero no es un creador de personajes (sobre esta base atacaré a Antonio Fernández), nadie jamás sentirá cariño, odio o cualquier sentimiento que surge de la identificación con un personaje o su rechazo; Borges jamás creó a un Julien Sorel, o un Raskolnikof, y jamás podría haber creado a un Ricardo Oliveira (por aquí sigo atacando a Antonio Fernández).
De modo que, Borges, “gracias por venir”, que es lo que se dice cuando uno despide a alguien y, en este caso, al Padre.
C) Antonio, el de los comentarios ligeros. Tu ataque a Cortázar es injustificadísimo. Cortázar no es un secuaz de Borges: Cortázar merece ser Cortázar. “Rayuela” es una de las más grandes novelas del siglo XX por su propio mérito. Cortázar supo asimilar el existencialismo, las vanguardias, supo jugar con la literatura, supo crear personajes de carne (cosa que Borges no supo o no quiso hacer), supo deconstruir el lenguaje. No creo que se pueda decir que a Cortázar le faltó talento, se le puede acusar de otras cosas, pero no de falta de ingenio creativo.
Me gustaría que desarrollaras más tu punto de vista, pero me temo, a priori, que será ese comentario uno más de tu larguísima lista de sloganes, de cajasderegalodenavidad preciosas pero vacías.
Un saludo
David